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El llamado del mar: la joyería que viene del fondo del océano

El mar lo sabe todo y no cuenta nada.


Guarda secretos en su fondo que ninguna arqueología submarina ha podido recuperar del todo. Guarda el origen de la vida, los naufragios de imperios, los cuerpos de los que cruzaron buscando algo mejor. Y desde el principio de la historia humana, los que vivían a su orilla supieron que el océano no era simplemente un territorio geográfico: era el símbolo más perfecto de lo que no se puede controlar, de lo que nos supera, de lo que nos habita por dentro.


En el lenguaje del arte europeo, el mar es el inconsciente. En el lenguaje de las culturas del Pacífico, es el origen. En el lenguaje de la joyería, es la textura más antigua y la más viva.


La perla: el accidente convertido en milagro


La perla es, literalmente, la respuesta de un ser vivo a algo que lo hería.

Una partícula de polvo, un parásito, un fragmento de arena entra en el cuerpo de una ostra. Y la ostra, en lugar de expulsarlo, lo envuelve. Capa sobre capa de nácar —carbonato de calcio cristalizado en capas concéntricas— hasta convertir la irritación en algo de una belleza imposible.


No hay metáfora más perfecta de la alquimia humana que esa.


Las perlas han fascinado a todas las civilizaciones que han tenido acceso a ellas. En la Roma imperial, eran el símbolo máximo de la riqueza, tan valiosas que Julio César, según cuenta Plinio el Viejo, invadió Britania parcialmente motivado por los rumores de las perlas de sus costas. En la India mughal, los grandes collares de perlas de los emperadores son visibles en los retratos que conserva el Victoria and Albert Museum de Londres, donde el blanco iridiscente del nácar contrasta con el rojo del rubí y el verde de la esmeralda.


En el arte del Barroco europeo, la perla barroca —la irregular, la que no es perfectamente esférica— dio nombre a todo un período estético. La palabra barroco viene del portugués barroco, que designaba precisamente a esas perlas imperfectas, excesivas, exuberantes. Lo que los comerciantes llamaban defecto, los artistas convirtieron en un ideal.

"La perla barroca no es un fallo de la naturaleza. Es la naturaleza siendo más honesta que nosotros."

Tipos de perlas naturales
Tipos de perlas naturales

El coral: el árbol del fondo del mar


Antes de que entendiéramos que el coral era un ser vivo, lo considerábamos la planta del mar. Y esa confusión poética generó uno de los materiales más mágicos de la historia de la joyería.


El coral rojo del Mediterráneo —Corallium rubrum— se usaba en la joyería etrusca, romana y medieval. En la Italia del Renacimiento, se colgaba al cuello de los bebés como amuleto contra el mal de ojo. Podemos ver esta tradición inmortalizada en infinidad de pinturas de la Virgen con el Niño de los siglos XV y XVI conservadas en los Uffizi de Florencia, donde el coral rojo cuelga sobre el pecho del niño Jesús como la protección más tierna del mundo.

En las tradiciones del norte de África y del Medio Oriente, el coral rojo se combinaba con la plata y el ámbar en piezas de una intensidad visual extraordinaria, creando ese lenguaje visual nórdico-mediterráneo que hoy llamaríamos maximalismo, pero que entonces era simplemente la forma correcta de llevar la historia encima.


Coral rojo en joyería
Coral rojo en joyería

Texturas oceánicas: cuando la joyería recuerda al agua


Hay un tipo de joyería que no imita el mar: lo evoca.


Son las superficies que parecen haber sido pulidas por la corriente durante siglos. Los cantos rodados convertidos en colgantes. El metal trabajado con técnicas de reticulation —que crea una superficie rugosa, viva, casi orgánica— que recuerda al fondo marino más que a ninguna pieza manufacturada.


Reticulation - metalwork
Reticulation - metalwork

En LA RAMONA, la estética oceánica no es un tema decorativo. Es una filosofía de forma: preferir la textura a la lisura, el movimiento a la rigidez, lo vivo a lo perfecto.


El océano nunca produce dos piezas iguales. Nosotras tampoco.


El inconsciente marino: Jung y el simbolismo del agua en el arte


Carl Jung, en sus estudios sobre el simbolismo universal, identificó el mar como la representación más poderosa del inconsciente colectivo: ese lugar donde viven las imágenes arquetípicas que todos los seres humanos compartimos sin saberlo.


Jung y las mandalas de Hildegarde
Jung y las mandalas de Hildegarde

En la pintura romántica europea —en Turner, en Caspar David Friedrich, en las marinas de Ivan Aivazovsky, cuya obra puede verse en el Museo Ruso de San Petersburgo— el mar no es un paisaje. Es un estado interior. Es la enormidad de lo que sentimos cuando nos quitamos la armadura social.


Llevar joyería con texturas del mar es, en ese sentido, llevar encima una ventana a la propia profundidad.


No hay adorno más valiente.

 
 
 

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