Por qué LA RAMONA: El arte de habitar un nombre con alma
- Naia Ramada
- 13 jun
- 3 min de lectura
Por qué LA RAMONA: el peso de un nombre y la fuerza de lo que somos
Hay nombres que pesan. No por su carga, sino por su raíz.
Ramona no es un nombre que se lleve con indiferencia. Es de esas palabras que, cuando las pronuncias en voz alta, te obligan a abrirte la boca de verdad, a usar el pecho, a hacer resonar algo que viene de dentro.
Viene del germánico Raginmund —consejo poderoso, protección sabia— y llegó a esta lengua transformado, latinizado, mezclado con tierra y con tiempo. Un nombre que viajó de los pueblos del norte de Europa a la Península Ibérica, cruzó el Atlántico con las mujeres que lo portaban como si fuera un escudo sin metal y se instaló en las cocinas, en los patios, en las canciones de cuna de toda América Latina.
LA RAMONA no es solo el nombre de una marca de joyería. Es un acto de reivindicación.
La mujer que lo lleva todo
Ramona no es el nombre de la protagonista. Es el nombre de la que sostiene.
En la literatura y el arte latinoamericano, las Ramonas pueblan los márgenes de las obras maestras. Son las mujeres sin monumento pero con memoria.
Son las que aparecen en los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México cargando flores, agua, hijos, tierra. Las que están en el fondo de los cuadros de Frida Kahlo, mirando hacia otro lado porque ya saben lo que va a pasar. Las que tejen en las obras textiles de las artesanas indígenas, cuyas piezas hoy se estudian en el Museo de Arte Popular de México como lo que siempre fueron: arte mayor.

LA RAMONA nace para honrar a esa mujer que nunca estuvo en el centro del cuadro pero que siempre fue la razón de la pintura.
Hay una feminidad que el mundo del lujo ha ignorado durante demasiado tiempo. La feminidad que no pide permiso. La que no cabe en el arquetipo de la elegancia fría, aséptica, sin historia. La femineidad rotunda: la que tiene raíces visibles, las que sangra con dignidad, la que ríe a carcajadas, la que porta sus cicatrices como quien lleva un collar de oro.
La joyería como declaración de identidad
Hacer joyería de autor desde este lugar —desde LA RAMONA— significa entender que cada pieza que se coloca sobre un cuerpo es una declaración filosófica.
Los cuerpos no son neutros. Tienen historia, geografía, memoria. Y la joyería —desde siempre, en todas las culturas— ha sido el lenguaje con el que los cuerpos se nombran a sí mismos.
Las mujeres del antiguo Egipto usaban sus collares de cornalina y lapislázuli no solo como ornamento, sino como afirmación de estatus cósmico. Podemos verlo en las joyas halladas en la tumba de la reina Puabi, expuestas en el British Museum de Londres, donde el oro y las piedras hablan de una mujer que entendía su cuerpo como territorio sagrado.

Las mujeres de los pueblos beréberes del norte de África, cuyos tesoros joyeros se exhiben en el Musée du quai Branly de París, usaban la plata —no el oro— como metal de la luna, de la fertilidad, del poder femenino tranquilo y profundo. Cada pieza era un mapa genealógico, una historia familiar contada en metal.
LA RAMONA bebe de toda esa tradición sin pretender apropiársela. Dialoga con ella. La honra. Y desde ese diálogo, crea algo nuevo.
Un nombre que pesa bien
El peso de este nombre es el peso correcto. No el de la carga, sino el de la presencia.
Cuando alguien se pone una pieza de LA RAMONA, no está accediendo a un objeto de lujo desencarnado. Está conectando con una genealogía de mujeres que supieron que adornarse era un acto político, poético y profundamente libre.
El porqué del nombre: Una historia de sintonía y descaro
Incluso a día de hoy, si me preguntas de dónde salió exactamente el nombre, no sabría darte una respuesta exacta. Solo sé que fue un flechazo. Lo supe y ya. Fue esa certeza instantánea que sientes cuando conoces a alguien y sabes, sin dudarlo, que seréis amigos para toda la vida. La Ramona y yo entramos en sintonía, con la misma magia con la que un surfista novato conecta con su primera ola.
Así, sin planearlo demasiado, empezó este viaje.
"La Ramona pechugona es la más gorda de mi pueblo" se ha convertido, inevitablemente, en la frase que más escuchamos cada vez que desvelamos el nombre de la marca. ¿Y sabes qué? Nosotras no podemos estar más orgullosas. Nos encanta ver cómo lo que empezó siendo una vieja canción de humor se ha transformado aquí en algo mucho más grande: la reivindicación absoluta de una mujer libre, auténtica y que hace, básicamente, lo que le da la gana.

Eso es lo que significa llevar un nombre así.
Eso es lo que significa LA RAMONA.



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